¡Click!

Aquel momento que flota
nos toca con su misterio.
Tendremos siempre el presente
roto por aquel momento.

D. José Hierro

La primera vez que lo hizo tuvo muchos remordimientos pero después ya no, pronto se acostumbró a deshacerse de lo que le estorbaba. Hubo un tiempo en que acumulaba cientos de baratijas, a los más pequeños les hacían los ojos chiribitas observando su colección de canicas de cristal y de cromos antiguos, la exponía con orgullo junto al alféizar de la ventana sintiéndose protagonista de un pequeño triunfo sobre la vulgaridad de la chiquillería. Su caída de ojos después de repasar las miradas entusiastas de los críos era todo un homenaje a su soberanía personal: lenta, minuciosa, pedante. Se reconocía merecedor de este tipo de victorias y no podía evitar sonreírse. Tenía siete años.

No había tenido un solo amigo en su corta vida, pero no parecía estar dolido por ello, al contrario, alguna vez había sido testigo desde su ventana de inverosímiles intercambios de propiedades -cromos, caramelos, regaliz- entre niños de su edad y esto, unido a aquel cansancio vital que se apoderaba de su espíritu cada vez que seguía sus juegos, fue lo que puso la guinda al pastel del olvido. Durante su infancia apenas sí salió de casa, sus padres tampoco le animaron demasiado creyéndole aquejado de algún tipo de ansiedad que le atribuyeron en el transcurso de una charla de sobremesa, y en suma, creyeron sumamente beneficioso aquel recogimiento después del desdichado y fatal accidente escolar de su hermano mayor. El niño no parecía necesitar nada que no estuviera dentro de sus cuatro -y seguras- paredes y eso apaciguaba todas las aguas familiares.

Aprendió a tocar algunos instrumentos musicales -piano, violín y flauta travesera- y estudió dos carreras -Astronomía, y Derecho como su padre- gracias a profesores particulares que su progenitor retiraba a golpe de talonario de los mejores colegios. Se trataba de un estudiante excepcional y hubiera sido un estímulo para cualquier maestro de no ser por su carácter. Solía adelantarse a las enseñanzas y perdía los nervios en excesivas ocasiones llevado sin duda por una sed de conocimientos que algunos de sus tutores bautizaron como vampírica. Una vez se quedaba a solas y acababan las clases, buscaba en alguna de las enciclopedias de su biblioteca la confirmación a lo que le habían enseñado, ampliando y mejorando, explorando y descubriendo. Su mente no conocía descanso, y tampoco le preocupaba proporcionárselo. Cuando cumplió veinte años sus padres instalaron en el tejado un telescopio. No era el primero, pero este era de dimensiones impresionantes. Les costó dos días separarlo de él.

Su padre era un hombre aparentemente tranquilo. En ocasiones, cuando la amargura hincaba los dientes en su alma, buscaba la compañía de su hijo para apaciguarla. Juntos se encontraban bien a pesar de no haber conseguido profundizar sobre ningún tema durante el transcurso de sus vidas. Aquella era una relación natural y muy sana, no había nada que pedir y no había nada que entregar. Su hijo era muy callado y excepcionalmente inteligente. Era normal que tuviera un carácter como el que tenía, se trataba -sin duda- de un genio. Algunas noches, cuando el sueño ya le vencía y los ojos se le empezaban a cerrar, le imaginaba corriendo otro tipo de suerte: triunfando en el mundo exterior, estrechando la mano de personas del entorno de su despacho, trabajando mano a mano con él, peleando los mismos casos. Sonreía. Imaginaba sentirse muy orgulloso con ello. Daría cualquier cosa por ver la cara de sus colegas cuando irrumpiera en los juzgados, la envidia que iba a provocar con aquella seguridad, aquel entusiasmo, aquella soberbia aplastante. Después un clic mecánico tornaba aquel orgullo en miedo. El mundo se estaba privando de una personalidad arrolladora, cierto, pero ese mismo mundo -él lo había visto, quizá hasta comprobado en sus propias carnes- solía ser el causante de la debacle de aquellas ansias. La vida allá fuera ponía su pesada bota sobre ilusiones y sueños, apaciguándolos, mermándolos, transformándolos en cotidianeidad, en planicie, en vacío. Se dormía intranquilo pero satisfecho, al fin y al cabo de momento todo estaba en calma. Quizá para el mes siguiente tuviera que calentarse la cabeza pensando en alguna nueva e inquietante atracción -interna- para su pequeño, pero sería capaz de lo que fuera por preservar a su hijo de cualquier mal -externo- conocido.

Cuando comenzó el mes de marzo todo hacía presagiar que sería como los veintinueve anteriores: lluvioso, frío y recogido. Muy recogido. Pero aquel mes parecía haber explotado en el calendario, todo estaba exultante de belleza y los aromas se elevaban a la enésima potencia. El joven no se mantuvo al margen de aquella frescura, no pudo sustraerse a ella. Subía al telescopio a diario acompañado de sus libros de notas y allí pasaba horas y horas manejando tantísimas cifras y tantísimos datos. Tantos como estrellas había sido capaz de localizar. Muchos. Muchísimos. En aquellos días el mayordomo de la casa fue despedido por empujar accidentalmente uno de aquellos cuadernos desde la cornisa hasta la calle mientras retiraba una bandeja, yendo a caer -que también fue mala suerte- a uno de esos charcos eternos que se hacen en invierno. La pérdida fue declarada irreparable. El mayordomo no obtuvo carta de recomendación.

Una vez recuperada la tranquilidad familiar por aquel desgraciado incidente, y durante una de las sesiones lunares, el telescopio perdió altura. El joven parpadeó y cuando volvió a abrir los ojos, lo que veía era el otro lado del parque, y echada bajo la luz de una farola y durmiendo con un libro entre las manos, a una muchacha.

No dejó de mirarla durante largo rato, no supo cuanto. Era muy hermosa, o no, pero descansaba tan plácidamente y era tan cálida la expresión de su rostro, que se sintió fatalmente atraído por su imagen. Era rubia y sus cabellos eran largos, muy largos. Su piel se erizó en un par de ocasiones a consecuencia de la brisa, era fácil apreciarlo con el telescopio. Las ropas que vestía flotaban delicadamente y a veces parecían querer cobrar vida azotando con ternura su cuerpo, sin despertarla, como aleteando. Se le entreabrían los labios con una dulzura, una humedad y una lentitud fuera de lo común. El joven exigió sentirlos cerca, tocarlos, acariciarlos, dejar rodar sus dedos por su perfil sin despertarla, dibujarlos, calentarse en ellos. Vivir allí. Daría cualquier cosa por estar cerca, por mirarla a un palmo escaso de su cara, por sorprenderla con su mirada, por sonreírle. Estiró un brazo creyendo poder alcanzarla y lo volvió a meter en su bolsillo sintiéndose un completo idiota y sonrojándose por primera vez. Estuvo observándola mientras recogía sus cosas y dirigía sus pasos hacia la salida del parque. Lo último que pudo ver fue su pelo flotando cuando la muchacha giró por la calle que la hizo desaparecer.

A la hora de cenar todos se sentaron a la mesa con la puntualidad acostumbrada. El padre el primero, se trataba de una costumbre familiar. La madre se unía a la mesa en segundo lugar y juntos solían reclamar la presencia del hijo a la servidumbre. Siempre había sido así, durante años el mayordomo golpeaba la puerta de la habitación tres veces seguidas y después decía: “la cena está servida, sus padres le esperan en el comedor”. Esta vez el mayordomo hubo de insistir, dio los consabidos tres golpes en la puerta y repitió: “la cena está servida y sus padres le esperan en el comedor”. Nadie respondió ni ese día, ni durante toda la semana siguiente. Dentro se estaba viviendo una metamorfosis.

Allí estaba él tocándose el rostro inexplicablemente frío, mirándose en el espejo y encontrándose blanco, soporífero, plano. Vacío. Extrañándose por todo cuanto no podía extrañarse y jamás le había importado; viviendo vidas que jamás quiso ni anheló vivir, amando a una mujer a la que sólo había visto una vez, sopesando su vida, contrastando en la balanza cientos de datos contra aquellos labios, contra aquel cabello flotando ante sus ojos, contra los latidos que provocaba en su corazón su solo recuerdo. Evitando pensar en la pérdida de tiempo, evitando culpar a nadie, siquiera a sí mismo por una evidencia que dolía siquiera recordar y de la que era protagonista. Mirando a su alrededor, sintiendo el peso de todos los segundos que ya le separaban irremediablemente de volver a sentir aquel rubor (tan inocente, tan inocente). Cerrando los ojos y viviendo vidas paralelas y sorprendentemente atractivas. Temiéndose la decisión pero conociéndola y esperándola, toreándola, dándole forma y detalle, meciéndola, aceptándola, haciéndola suya, atrayéndola hacia donde nunca había sido bienvenida. Abandonando el miedo.

Al mediodía del domingo veintiuno la puerta de la habitación se abrió. Salió nervioso luciendo un traje gris marengo que estrenó para fin de año, repeinado hacia atrás. Cruzó el pasillo y llegó a la puerta del comedor, miró a sus padres. Metió la mano en su bolsillo y acarició las llaves de la puerta principal, salió por ella dando un traspié con el escalón de la entrada. Sus padres tomaron sopa y carne en salsa. No pudieron con el postre. El inapetente cabeza de familia rechazó su taza de té y tomando su reloj de bolsillo dijo: “alguna vez debía llegar la primavera a esta casa”, y sintió miedo.

Lunes, 15 de Noviembre de 2004 17:15. [ + ]. Tema: A golpe de tecla.

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